Life after Martin

Actualizado: jul 27

“There are some things that you can only learn in a storm”


Nuestra tormenta ha terminado y en estos días llenos de sol, estamos aprendiendo a navegar en un nuevo país, con nuevas rutinas, nuevas formas de vivir. La tormenta de Martín finalmente terminó. Hoy lo vemos reir con salud y amor. Lo vemos como siempre lo imaginamos, lejos de aquella cama del hospital donde no se movía. Cachetoncito, juguetón, corriendo y jugando con sus hermanos. Hemos encontrado la certeza que su propósito es más grande que lo que ahorita podemos alcanzar a comprender. Es igualito a su padre.



Esto ha implicado que en este viaje debemos ser flexibles y adaptarnos ya que la sensación de certeza y tranquilidad que teníamos antes, cuando vivíamos en Guatemala, se ha difuminado. Este ha sido quizás uno de los principales retos que mi esposo y yo hemos enfrentado. Pensábamos que nuestras vidas estaban “resueltas” pero esto cambió al tener que vivir “temporalmente” en otro país, lo que impide tomar decisiones y retomar el curso de nuestras vidas como las conocíamos. Estos significa que hemos cambiado, aprendido y crecido como familia. Esta inestabilidad temporal nos ha recordado que no hay que tenerle miedo a la tormenta sino hay que aceptarla como aprendizaje. Una de sus enseñanzas es la de ver las cosas pequeñas y hermosas de la vida sin necesitar siempre un porqué. Pero que también está bien tener malos días y días en donde no tienes nada claro.


El ser padres es una lección de fortaleza para la mayoría de seres humanos. Y la maternidad es uno de los principales canales en donde descubrimos nuestras verdaderas capacidades físicas –y muchas veces nos sorprendemos de ellas–. Pero cuando tienes un hijo “diferente” al resto, concibes la maternidad desde otra perspectiva. Te enseña sobre el amor incondicional y sobre los retos de tener a alguien especial dentro de tu núcleo familiar, donde todas las decisiones y nuevas aventuras se apegan a sus necesidades, sacrificando así también a tus otros hijos.



Mi esposo y yo tomamos la decisión de hacer todo lo que está en nuestras manos para darle a Martin una vida normal. Anda descalzo, juega con agua, salta y se cae como cualquiera. Como el tercer hijo, nos sentimos más relajados con respecto a su crianza. Jamás escucharan de nosotros que él no puede hacer algo por su corazón. Ya que tanto mi esposo como yo, somos amantes de la adrenalina y creemos que los únicos que podemos condicionar a Martín a verse diferente somos nosotros. Si nosotros no le enseñamos que por haber pasado todo esto el no puede desempeñarse igual que sus hermanos, le estaríamos haciendo el mayor daño en silencio. Lo estaríamos limitando y reduciendo a ser un niño con problemas del corazón. Pero si nosotros nunca le ponemos límites, él irá descubriendo sus propios límites y nos irá enseñando como hasta ahora, que no hay nada que no haya podido hacer, sin un poquito de ayuda, igual que sus hermanos.



Cuando Martín nació, me invadían preguntas que de antemano sabía que no tenían respuesta: ¿por qué él? ¿por qué nosotros? Supongo, al final, porque de no haber sido nosotros hubiera sido alguien más. Y de alguna forma, nosotros tuvimos la fortuna de poder llevarlo de inmediato con expertos capaces de atenderlo y salvarlo. Martin tuvo la suerte de escogernos a nosotros para poderlo salvar y darle lo único que siempre soñamos: una familia que lo ama.

De este modo, su llegada significó el complemento de un sueño que junto a mi esposo hemos tenido desde que nos conocimos pero también asé una disrupción y una transformación radical de nuestra realidad. Nos enriqueció como la llegada de un bebé deseado y anhelado con alegría a la vez que nos obligó a dejar atrás todo lo que conocíamos como parte de nuestra cotidianidad. Nos cambiamos de casa, de país, de trabajo. Nos sumergimos en una situación desconocida también en un contexto desconocido.


A veces me imagino a mí misma contándole a Martín una historia, que tardaré mucho tiempo en contarle, sobre aquellos días de hospital, donde jugábamos con enfermeras, doctores, como dormíamos juntos en una cuna y como pasábamos noches enteras en vela viéndolo respirar. Quizás él nunca comprenda lo que su vida fue para nosotros, ni entenderá que fue a través de él y de instalarnos a vivir casi un año en un hospital, que fuimos testigos de las angustias y en algunos casos las tragedias de otras familias y cómo eso nos cambió. Vimos la muerte de frente y eso nos hizo aferrarnos a la vida.

Los días de hospital parecían no acabar nunca. Uno se olvida de la vida que llevaba antes y la libertad y la ausencia de preocupaciones parecen ajenas. Visitas de doctores, de monitores, de exámenes de sangre, de intervenciones y controles... La vida cambia de color y por primera vez vives desde una perspectiva diferente la vida de un niño enfermo. Valoras como oro la libertad, la tranquilidad, las risas, los berrinches y los días normales. Es como si vieras la vida del otro lado del espejo. No era fácil pero no era un peso. Mi mente y mi cuerpo se adaptaron a la realidad de la que la vida de Martín dependía. En un año necesitó cuatro cateterismos y salió del hospital con una sonda de alimentación que le fue retirada a las dos semanas y tomando ocho medicamentos diferentes, a veces cada dos horas. Tuve que tomar cursos de reanimación cardiopulmonar (RCP) para poderlo llevar a casa.


Con el paso de los meses, Martín fue mejorando y dejando las medicinas, una por una. Era él mismo el que nos iba guiando cuando ya no quería el pepe o quería quitarse la sonda. El iba dejándonos saber cuánto estaba listo para pasar a la siguiente etapa. Actualmente solo toma aspirina y esos días de hospital que pasamos dentro de un cuarto viendo hacia la ventana un mundo que parecía ajeno al nuestro se han quedado atrás.

Los días en que salimos del hospital y terminamos esta travesía tras su último cateterismo nos quitaron de encima un gran peso. Pero también al verlo completo, feliz y saludable nos hizo darnos cuenta que volver a casa implicaría no tener la atención que requiere. Nuestra única opción para garantizar su bienestar era la de quedarnos en los Estados Unidos, donde tiene cubierto el seguro que le brindará la atención que necesitará el resto de su vida gracias a que tengo la nacionalidad estadounidense.

El cambio se ha hecho parte de nuestra vida y hemos aprendido a estar bien con eso. La vida de Martín ha valido todo esfuerzo y sacrificio y ha marcado un antes y un después en la manera como nosotros, su familia, percibimos las cosas en todo sentido. Desde mi punto de vista, experimenté un milagro y eso cambió mi corazón para siempre. El milagro lo dejare para mi libro, pero sentir a Dios de esta manera te cambia en esencia. El tiempo ha pasado. Martín ha pasado por todas las etapas de desarrollo de un bebé normal y su corazón funciona bien. Hoy podemos verlo correr, jugar, molestar y hacer berrinches…


Martín también nos ha mostrado de frente nuestros privilegios. El hecho de que él viva es producto del acceso que tuvimos a poder viajar inmediatamente, a atención médica de primera y haber tenidos garantizados los servicios necesarios para su bienestar; el haber podido pagar un seguro médico y con esto darle una oportunidad para salvar su vida. En Guatemala las cosas básicas y esenciales para la vida se les niega a la mayoría y se compra con dinero lo que todo ser humano debería de tener garantizado: la oportunidad de vivir y el acceso a un sistema de salud eficiente. Reconocer los propios privilegios implica adoptar un nuevo sentido de humildad y conciencia de todas las personas que viven en situaciones de desventaja.

Hoy llevo una vida completamente distinta a la que imaginé. Pasé de ser una mujer acomodada en un país pobre a una madre trabajadora a tiempo completo en un lugar que me concibe como “otra”. No me tocó renunciar a mí misma, más bien me tocó redescubrirme; tuve la oportunidad de ver desde fuera mi ceguera. Y por eso le estaré agradecida a Martín el resto de mi vida.




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